domingo, 23 de marzo de 2008

NEOLIBERALISMO EN AMÉRICA LATINA


Con la finalidad de conocer una de las principales causas de la situación de pobreza y marginalidad que hoy existen en vastos países del mundo, y de nuestra región, se te invita a leer el siguiente artículo titulado: “Neoliberalismo en América Latina” de los Superiores Provinciales de la Compañía de Jesús en América Latina.


NEOLIBERALISMO EN AMÉRICA LATINA

El Neoliberalismo, tal como se entiende en América Latina, es una concepción radical del capitalismo que tiende a absolutizar el mercado hasta convertirlo en el medio, el método y el fin de todo comportamiento humano inteligente y radical. Según esta concepción están subordinados al mercado la vida de las personas, el comportamiento de las sociedades y la política de los gobiernos. Este mercado absoluto no acepta regulación de ningún campo. Es libre, sin restricciones financieras, laborales, tecnológicas o administrativas.

LA SOCIEDAD DE LA QUE SOMOS PARTE

En el comienzo del siglo XXI las comunicaciones nos unen estrechamente, la tecnología nos da nuevas posibilidades de conocimiento y creatividad, y los mercados penetran todos los espacios sociales. En contraste con la década pasada, la economía de la mayoría de nuestros países ha vuelto a crecer. Este auge material, que podría abrir esperanzas para todos, deja sin embargo a multitudes en la pobreza, sin posibilidad de participar en la construcción del destino común, amenaza la identidad cultural, y destruye los recursos naturales. Se calcula que en Latinoamérica y el Caribe por lo menos 180 millones de personas viven en la pobreza y 80 millones sobreviven en la miseria. (CELAM).

Las dinámicas económicas que producen estos efectos perversos tienden a transformarse en ideologías y a absolutizar ciertos conceptos: el mercado, por ejemplo, de un instrumento útil y hasta necesario para elevar y mejorar la oferta y reducir los precios, pasa a ser el medio, el método y el fin que gobierna las relaciones de los seres humanos.

Para lograrlo, se generalizan en el Continente las medidas conocidas como neoliberales. Ellas ponen el crecimiento económico –y no la plenitud de todos los hombres y mujeres en armonía con la creación- como razón de ser de la economía. Restringen la intervención del Estado hasta despojarlo de responsabilidades por los bienes mínimos que se merece todo ciudadano por ser persona. Eliminan los programas generales de creación de oportunidades para todos y los sustituyen por apoyos ocasionales a grupos focalizados.

Privatizan empresas con el criterio de que en todos los casos el Estado es mal administrador. Abren sin restricciones las fronteras a mercancías, capitales y flujos financieros y dejan sin suficiente protección a los productores más pequeños y débiles. Hacen silencio sobre el problema de la deuda externa cuyo pago obliga a recortar drásticamente la inversión social.

Subordinan la complejidad de la hacienda pública al ajuste de las variables macroeconómicas: presupuesto fiscal equilibrado, reducción de la inflación y balanza de pagos estable; como si de allí se siguiera todo bien común y no se generaran nuevos para la población que tienen que ser atendidos simultáneamente. Insisten en que estos ajustes producirán un crecimiento que, cuando sea voluminoso, elevará los niveles de ingreso y resolverá por rebalse la situación de los desfavorecidos.

Para incentivar la inversión privada, eliminan los obstáculos que podrían imponer las legislaciones que protegen a los obreros. Liberan a grupos poderosos de impuestos y de las obligaciones con el medio ambiente, y los protegen para acelerar el proceso de industrialización, y así provocan una concentración todavía mayor de la riqueza y el poder económico. Ponen la actividad política al servicio de esta política económica, con la que caen en la paradoja de quitar todas las trabas al libre ejercicio del mercado, y al mismo tiempo controles políticos y sociales, por ejemplo a la libre contratación de mano de obra, para garantizar la hegemonía del mercado libre.

Debemos reconocer que estas medidas de ajuste han tenido también aportes positivos. Cabe señalar la contribución de los mecanismos de mercado para elevar la oferta de bienes de mejor calidad y precios. La reducción de la inflación en todo el continente. El quitar a los gobiernos tareas que no les competen para darles oportunidad de dedicarse, si quieren, al bien común. La conciencia generalizada de austeridad fiscal que utiliza mejor los recursos públicos. Y el avance de las relaciones comerciales entre nuestras naciones.

Pero estos elementos están lejos de compensar los inmensos desequilibrios y perturbaciones que causa el neoliberalismo en términos de concentración de los ingresos, la riqueza y la propiedad de la tierra; multiplicación de masas urbanas sin trabajo o subsisten en empleos inestables y poco productivos; quiebras de pequeñas y medianas empresas; destrucción y desplazamiento forzado de poblaciones indígenas y campesinas; expansión del narcotráfico basado en sectores rurales cuyos productos tradicionales quedan fuera de competencia; desaparición de la seguridad alimenticia; aumento de la criminalidad provocada no pocas veces por el hambre y la miseria; desestabilización de las economías nacionales por los flujos libres de la especulación internacional; desajustes en comunidades locales por proyectos de empresas multinacionales que prescinden de los pobladores.

En consecuencia, al lado de un crecimiento moderado, aumenta en casi todos nuestro países el malestar social que se expresa en protestas ciudadanas y huelgas. Vuelve a tomar fuerza en algunos lugares la lucha armada, que nada soluciona. Aumenta el rechazo a la orientación económica general que, lejos de mejorar el bien común, profundiza las causas tradicionales del descontento popular: la desigualdad, la miseria y la corrupción.

LA CONCEPCIÓN DEL SER HUMANO

Detrás de la racionalidad económica que suele llamarse neoliberal hay una concepción del ser humano que delimita la grandeza del hombre y la mujer a la capacidad de generar ingresos monetarios. Exacerba el individualismo y la carrera por ganar y poseer, y lleva fácilmente a atentar contra la integridad de la creación. En muchos casos desata la codicia, la corrupción y la violencia. Y, al generalizarse en los grupos sociales, destruye radicalmente la comunidad.

Se impone así un orden de valores donde prima la libertad individual para acceder al consumo de satisfacciones y placeres; que legitima, entre otras cosas, la droga y el erotismo sin restricciones. Una libertad que rechaza cualquier interferencia del Estado en la iniciativa privada, se opone a planes sociales, desconoce la virtud de la solidaridad y sólo acepta las leyes de mercado.

Por el proceso de globalización de la economía, esta manera de comprender al hombre y la mujer penetra nuestros países con contenidos simbólicos con gran capacidad de seducción. Gracias al dominio sobre los medios de comunicación masiva, rompen las raíces de identidad de culturas locales que no tienen poder para comunicar su mensaje.

Comúnmente los dirigentes de nuestras sociedades, articulados a estos movimientos de globalización y embebidos en la aceptación indiscriminada de las razones del mercado, viven como extranjeros en sus propios países. Sin dialogar con el pueblo, lo consideran obstáculo y peligro para sus intereses, y no como hermano, compañero o socio. De manera más general, esta concepción considera normal que nazcan y mueran en la miseria millones de hombres y mujeres del continente, incapaces de generar ingresos para comprar una calidad de vida más humana. Por eso los gobiernos y sociedades no experimentan el escándalo frente al hambre y la incertidumbre de multitudes desplazadas y perplejas ante los excesos de los que usan, sin pensar en los demás, los recursos de la sociedad y de la naturaleza.

LA SOCIEDAD QUE QUEREMOS

Gracias a Dios, hay iniciativas de transformación que insinúan el surgimiento de un mundo nuevo desde diversos grupos culturales, etnias, generaciones, género y sectores sociales. Animados por estos esfuerzos queremos ayudar a construir una realidad más cercana al Reino de justicia, solidaridad y fraternidad del Evangelio; donde la vida con dignidad sea posible para todos los hombres y mujeres.

Una sociedad donde toda persona pueda acceder a los bienes y servicios que se merece por haber sido llamada a compartir este camino común hacia Dios. No reclamamos la sociedad de bienestar, de las satisfacciones materiales ilimitadas, sino una sociedad justa, donde nadie quede excluido del trabajo y del acceso a bienes fundamentales para la realización personal, como la educación, la nutrición, la salud, el hogar y la seguridad.

Queremos una sociedad donde todos podamos vivir en familia y mirar al futuro con ilusión, compartir la naturaleza y legar sus maravillas a las generaciones que nos sucederán. Una sociedad atenta a las tradiciones culturales que dieron identidad a los pueblos indígenas; a los pobladores que llegaron de otra parte, a los afroamericanos y mestizos.

Una sociedad sensible a los débiles, a los marginados, a quienes han sufrido los impactos de procesos socioeconómicos que no ponen al ser humano en el primer lugar. Una sociedad democrática, construida participativamente, donde la actividad política sea la opción de los que quieren entregarse al servicio de los intereses generales que importan a todos.

Somos conscientes de que alcanzar este tipo de sociedad tiene un precio elevado, por los cambios de actitudes, hábitos y valoraciones que exige. Nos reta a hacer nuestros aquellos elementos positivos de la modernidad, como el trabajo, la organización, la eficiencia, sin los cuales no podemos construir esa sociedad que soñamos.

Queremos finalmente contribuir a la construcción de una comunidad latinoamericana entre nuestros pueblos.

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